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Limitación del esfuerzo diagnóstico en Pediatría

Referencia para citar este artículo:

Limitación del esfuerzo diagnóstico en Pediatría. Rev Pediatr Aten Primaria. 2011;13:335-40.

Publicado en Internet: 20/06/2011


Martínez González C

Limitation of the diagnostic effort in paediatrics. J Med Ethics. 2010;36:648-51.

Nuestra compañera, pediatra madrileña de Atención Primaria, acaba de publicar este trabajo en la prestigiosa revista del grupo British Medical Journal, donde reflexiona sobre las diferencias entre diagnósticos y etiquetas.

Una práctica clínica basada en valores debe centrarse en el interés del paciente y a este no siempre le beneficia la insistencia clasificadora del médico, cuando no le va a proporcionar una opción terapéutica o una mejora de su calidad de vida.

Por ello, se establece una distinción entre ambos términos más allá de los aspectos lingüísticos. Diagnosticar es algo más que poner un nombre, categorizar un cuadro o agrupar coherentemente una serie de signos o síntomas. Debe ser un acto en beneficio del paciente, que suponga una alternativa terapéutica, curación o al menos una mejora en la calidad de vida para el paciente y la familia.

Por el contrario, la etiqueta médica convierte a un niño con dificultades en enfermo, no mejora su calidad de vida, solo aporta una explicación a un problema en términos médicos por lo que puede ser un acto fútil e inapropiado.

Algunas áreas, como la Salud Mental, son especialmente proclives al etiquetaje y existe una creciente tendencia a considerar como enfermedad los síntomas, conflictos e inevitables desgracias de la vida cotidiana. Por ejemplo, en algunas ocasiones, filiar la causa de un retraso mental leve, realizando múltiples estudios complementarios, diagnosticar una fobia social en vez de una timidez marcada, o un déficit de atención con hiperactividad con pruebas poco específicas, puede tener connotaciones de etiqueta más que de diagnóstico.

Otros problemas como la hidrocefalia benigna, el déficit aislado de inmunoglobulina A, el síndrome de piernas inquietas, algunos trastornos del sueño, o la sospecha de síndrome de alcoholismo fetal en niños adoptados podrían considerarse etiquetas, pues su diagnóstico no implica una solución y, sin embargo, pueden generar gran ansiedad familiar y personal.

La propia Academia Americana de Pediatría recomienda replantear o diferir la indicación de test genéticos cuando el diagnóstico no implique una alternativa terapéutica o preventiva clara y pueda producir ansiedad, disminución de la autoestima, estigma social o algún tipo de discriminación.

Realizar un diagnóstico no es una mera clasificación de síntomas y signos en categorías bien definidas para aliviar la incertidumbre de médico y paciente. El proceso diagnóstico tiene siempre un contenido ético y debe ponderar el esfuerzo invertido comparándolo con el beneficio aportado al paciente. Antes de iniciar una escalada de pruebas complementarias, derivaciones a superespecialistas con su visión parcial y fragmentaria, o simplemente poner un nombre médico a un problema, debemos valorar con prudencia si el paciente necesita un diagnóstico, o si solo vamos a ponerle una etiqueta.

El artículo concluye con una propuesta: la “limitación del esfuerzo diagnóstico”, concepto apenas utilizado en la literatura médica, que podría expresarse así: “Estudia y trata a tus pacientes de tal forma que los efectos de dichas acciones supongan siempre, al menos, una mejora en su calidad de vida”.


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